Eduardo Blasco pone voz al drama olvidado del ahogamiento en El Hierro
- Elisa González

- 31 dic 2025
- 7 Min. de lectura
Desde la experiencia de quien se lanza al mar para devolverle a otros la oportunidad de vivir, el nadador profesional, buzo de rescate y jurista, Eduardo Blasco, cuestiona cómo se cuentan las muertes en el mar, rechaza separar los ahogamientos por origen y denuncia el peso de una tragedia cotidiana que la isla asume entre rescates, silencios y ausencias mientras Europa sigue mirando de lejos.


El mar de El Hierro no es solo un paisaje que se contempla. Es sustento diario, es refugio, es frontera. Un espacio íntimamente ligado a la vida de la isla y, al mismo tiempo, el escenario de demasiadas despedidas. Mientras Canarias vuelve a encabezar las cifras de ahogamientos en España, este pequeño territorio alejado del continente vive una doble realidad que rara vez se cuenta de forma conjunta: la del mar recreativo que cada año se cobra vidas y la de una de las rutas migratorias más mortales del mundo. Dos expresiones de una misma tragedia. Dos realidades que comparten agua, silencio y olvido.
Eduardo Blasco de Imaz Álvarez conoce ese mar desde dentro y lleva años metiéndose en el agua cuando otros ya no pueden hacerlo. A sus 31 años es nadador profesional y campeón del mundo en la modalidad de rescate y socorrismo. Desde niño supo que tenía una capacidad especial para desenvolverse en el agua pero decidió que su relación con el mar no podía quedarse en la competición. “Entendí que era más útil ayudando a otros”, explica.

Desde entonces, su trayectoria ha estado marcada por la formación constante y la intervención directa. Se especializó en rescate, se enroló en misiones internacionales y, desde 2022, ha participado en rescates masivos. A la exigencia física del salvamento se suma una formación jurídica centrada en derechos humanos, derecho penal internacional y derecho marítimo, que continúa ampliando en la actualidad, convencido de que salvar vidas también implica entender qué ocurre antes y después de entrar en el agua.
“Los ahogamientos son la principal causa de muerte por accidente en España y, al mismo tiempo, una de las tragedias más fragmentadas y silenciadas del continente..."
Ese enfoque multidisciplinar le ha otorgado un altavoz público que hoy utiliza para divulgar, explicar y cuestionar cómo se habla del ahogamiento. Y lo hace sin separar contextos, porque para él no existen compartimentos estancos entre unas muertes y otras. “Los ahogamientos son la principal causa de muerte por accidente en España y, al mismo tiempo, una de las tragedias más fragmentadas y silenciadas del continente. Se han convertido en la piedra angular de mi trabajo porque los conozco y puedo ayudar a evitarlos. El ahogamiento no es un concepto abstracto. Es horrible. Y es mi enemigo”, afirma.
“El mar no es un monstruo ni un juego. Se vuelve peligroso cuando se deja de respetar”. Para Eduardo, el problema no está en el océano sino en la relación que establecemos con él. La naturaleza, recuerda, tiene comportamientos propios y previsibles, y es la pérdida de perspectiva, la confianza excesiva, el desconocimiento o la banalización del riesgo, la que acaba siendo mortal. Esa pérdida de respeto y falta de conciencia está detrás de muchos de los ahogamientos que se producen en Canarias y que, una vez más, sitúan al Archipiélago a la cabeza de las estadísticas estatales.
“En Canarias hay más ahogamientos que accidentes de tráfico y, sin embargo, no existe una estrategia formativa y comunicativa comparable a la de la DGT”
Canarias, insiste, no puede compararse con el resto del país. “No vive una realidad siquiera parecida”. Su orografía compleja, el clima, la posibilidad de bañarse durante todo el año y una industria turística masiva generan una exposición constante al riesgo. A ello se suma, según denuncia, un fallo grave en cuanto a la prevención: “En Canarias hay más ahogamientos que accidentes de tráfico y, sin embargo, no existe una estrategia formativa y comunicativa comparable a la de la DGT”. La formación, sostiene, debería empezar en las aulas y dirigirse también a la población local, que representa tres de cada diez víctimas.
Mientras tanto, el aumento continuo de visitantes sin una señalización homogénea, una comunicación clara en origen ni marcos jurídicos que respalden medidas coercitivas cuando sea necesario, perpetúa el problema año tras año.

El ahogamiento que no se quiere contar
Más allá de los ahogamientos que ocupan titulares, Eduardo pone el foco en una división que considera artificial y profundamente dañina: la separación entre ahogamientos llamados “turísticos” y los ahogamientos en contexto migratorio. Una fractura estadística y narrativa que, a su juicio, impide entender la verdadera dimensión del problema.
Desde el punto de vista técnico, recuerda, un ahogamiento es siempre lo mismo: una insuficiencia respiratoria por inmersión en un líquido. El cuerpo no distingue pasaportes ni motivos. Sin embargo, las cifras oficiales sí lo hacen. “Quizá decir 450 fallecidos europeos sea duro, pero decir 3.000 o 5.000 sea inasumible”, reflexiona, apuntando a una realidad que cuesta asumir cuando se mira en conjunto.
“Voy a ser duro, unos ahogados duelen al bolsillo y otros no. Unos vienen a dejar dinero y otros parece que no tienen derecho a existir”
Una división que no se aplica a ninguna otra causa de muerte y que genera, a su juicio, una fractura moral profunda. “Que unas vidas cuentan más que otras es evidente cuando escuchamos que ‘eran guiris’ o ‘eran migrantes’. Son personas, seres humanos con derecho a que se intente evitar su muerte y a que se trate con respeto”. Esta fragmentación no solo invisibiliza miles de fallecimientos, sino que también erosiona la empatía social y dificulta la prevención. “Cada vez tengo que ser más ingenioso para llegar a una población insensible y poco informada”, lamenta.
La ruta atlántica y la muerte en silencio
Para Eduardo, hablar de ahogamientos migratorios exige huir de explicaciones simples. No hay una única causa ni una sola historia que explique por qué alguien se lanza al mar. Detrás de cada travesía hay una acumulación de factores: conflictos armados, pobreza extrema, injusticia, catástrofes naturales... Razones distintas que confluyen en una misma decisión; marcharse. Como ocurrió históricamente con los canarios, migrar forma parte del comportamiento humano. La diferencia aparece cuando ese viaje termina en el agua.
Porque no todas las muertes pesan igual. “Voy a ser duro, unos ahogados duelen al bolsillo y otros no. Unos vienen a dejar dinero y otros parece que no tienen derecho a existir”, afirma. Una frase incómoda que señala una desigualdad profunda en la forma de mirar y de contar. Sin embargo, el agua no entiende de economía ni de etiquetas. “En el mar todos son iguales”, recuerda. Y desde su posición personal no hace distinciones: “Salvaría hasta a los que creen que hay seres humanos de segunda categoría”.

Vivir los rescates como algo que se repite, como una realidad inevitable, tiene un coste emocional elevado y deja una huella difícil de borrar. “Asistir una y otra vez a un ahogamiento es muy difícil de asimilar”, confiesa. No solo por lo que se ve, sino por lo que permanece después: los silencios, las ausencias, las preguntas sin respuesta. A ese desgaste se suma, en ocasiones, la falta de empatía social hacia quienes realizan esta labor. “A veces sientes que no hay donde descansar”, admite.
Aun así, hay una certeza que sostiene su trabajo incluso en los momentos más duros: la posibilidad de ofrecer otra oportunidad. Dar una segunda vida a quienes ya han perdido la esperanza. Esa convicción es, también, su forma de seguir entrando en el agua.
El Hierro: donde todo ocurre a la vez
El Hierro es, en palabras de Eduardo, “el heraldo de la ruta más mortal del mundo”. Una isla de apenas 268 kilómetros cuadrados que recibió más de 20.000 llegadas en 2024 y que, al mismo tiempo, registra ahogamientos vinculados al mar recreativo. Aquí, las dos realidades del ahogamiento no se alternan, se superponen.
Esa convivencia ejerce una presión continua sobre los servicios de emergencia, el sistema sanitario y la propia población de la isla. No se trata solo de cifras, sino de desgaste humano, de turnos que se alargan y de una isla pequeña que asume responsabilidades propias de territorios mucho mayores. “El apoyo a El Hierro, a sus recursos y a la defensa de los derechos humanos es imperativo por parte del Estado”, subraya.
“Es una isla solidaria, cuya bendición y desdicha caminan de la mano”. Su posición geográfica la hace única, pero también especialmente vulnerable
La comparación con lugares como Lesbos o Lampedusa incomoda, pero para Eduardo evitarla solo contribuye a mantener la invisibilidad. “Evitar la comparación evita implicar a la población en el apoyo a la isla”, sostiene. Ser frontera ultraperiférica implica distancia mediática y política. “Los medios están en Madrid y es fácil opacar esta realidad. Hay que poner a El Hierro en el centro del foco para que se entienda lo que ocurre y tomen medidas”, reclama, apuntando también a Bruselas y a las contradicciones europeas en materia de derechos humanos.
Para Eduardo, El Hierro demuestra que el territorio más alejado también puede dar ejemplo. “Es una isla solidaria, cuya bendición y desdicha caminan de la mano”. Su posición geográfica la hace única, pero también especialmente vulnerable. La isla no solo necesita más recursos, merece ser mirada no como una periferia incómoda, sino como un lugar donde Europa debería reconocerse y asumir sus responsabilidades.

Lejos del fatalismo, Eduardo insiste en que aún estamos a tiempo de actuar. Que la tragedia no es inevitable si existe voluntad real de prevenirla. Habla de formación reglada desde edades tempranas, de llevar la educación en seguridad acuática a las aulas como una herramienta básica de protección, de crear un cuerpo unificado de rescate acuático, señalética homogénea y comprensible, de una comunicación responsable, sin sensacionalismo pero sin silencios, de informar con claridad en los países de origen del turismo y de aplicar medidas preventivas reales, incluso cuando resulten incómodas. “Defender la vida en el agua no es una opción, es una obligación”, sentencia.
Porque, al final, insiste, no se trata de cifras ni de discursos, sino de decisiones capaces de marcar la diferencia entre vivir o morir. Y si algo ha dejado claro este año es que el mar no pregunta de dónde viene quien se ahoga. Tal vez tampoco debería hacerlo quien lo mira, quien lo cuenta y quien decide.
Fotos: Víctor Cabo / Fresh Canarias / ACFI PRESS































