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Cuando la herida nunca se cierra

  • Foto del escritor: Indira Carballo
    Indira Carballo
  • hace 6 días
  • 3 Min. de lectura
Cuando la herida nunca se cierra

Hay heridas que no sangran, pero duelen igual. La de un niño que deja atrás a su familia es una de ellas. La de un niño migrante, además, rara vez cicatriza del todo.


Cuando un menor cruza el mar solo, aunque parezca valentía y aventura, probablemente lo hace porque alguien —una madre, un padre, una abuela— tomó la decisión más difícil: separarse para que él o ella pudiera vivir. Esa primera ruptura deja una marca profunda. Una despedida sin fecha de regreso. Un abrazo que se alarga más de lo normal porque quizá sea el último en mucho tiempo. A partir de ahí empieza el duelo migratorio: la ausencia, la culpa, el miedo, la nostalgia.


Llegar a Canarias no borra nada de eso. Pero para muchos menores supone, al menos, un pequeño descanso. Poco a poco aprenden nuevos nombres, hacen amigos, reconocen rostros que ya no les son ajenos. Empiezan a sentirse seguros en un aula, en un centro, en una plaza. Construyen, contra todo pronóstico, pequeños entornos de pertenencia. Empiezan a llamar “familia” a quienes les cuidan, porque eso es lo que necesitan para seguir adelante.


Para un adulto puede ser un trámite administrativo, pero para un niño es volver a perderlo todo

Y entonces, cuando por fin creen haber encontrado un lugar donde sostenerse, llega otro traslado. Otro cambio de isla, de comunidad, de centro. Otro “tienes que irte”. Otra despedida. Una nueva ruptura.


Para un adulto puede ser un trámite administrativo, pero para un niño es volver a perderlo todo. Es sentir que cada vez que empieza a pertenecer a algún sitio, ese sitio desaparece. Es aprender que el apego duele y que nada es estable.



En este contexto, que un centenar de menores haya rechazado solicitar asilo no debería leerse como un gesto de incomprensión o ingratitud. No es una decisión libre; es una respuesta de supervivencia. Cuando las condiciones de los centros estatales son precarias y el asilo implica nuevos traslados, incertidumbre y desarraigo, la protección deja de percibirse como refugio y pasa a vivirse como amenaza.


Los menores no están rechazando derechos, están rechazando otro golpe emocional. Están diciendo, sin palabras, que no pueden más. Que ya han sido separados demasiadas veces. Que no quieren volver a pasar por el mismo dolor que los empujó a cruzar el mar.


El problema es que el sistema sigue sin entender que el duelo migratorio no termina al llegar a destino. Continúa en cada ruptura, en cada cambio forzado, en cada despedida que no eligieron. Tras años de separaciones —familias en origen, amigos en tránsito, cuidadores en acogida— obligarles a volver a empezar es profundizar una herida que nunca se cerró.


En noviembre, la asociación social y cultural Ak wanak, con sede en San Bartolomé de Tirajana, alzó la voz para pedir algo tan esencial como justo: que la voluntad de los menores fuera escuchada a la hora de decidir su futuro, y que aquellos que ya habían echado raíces en la isla pudieran quedarse sin verse obligados a renunciar al derecho al asilo. Una petición que pone palabras a lo que muchos niños llevan tiempo sintiendo y nadie escucha.



En la misma línea, familias de Arucas reclamaron que los niños y adolescentes esperaran a la entrevista que evalúa su interés superior en los propios centros de acogida, y no en los módulos del Canarias 50. “Los han sacado de su casa, de su lugar seguro. Los han separado de sus educadores y de sus compañeros. Su día a día, sus clases… se los han roto”, recogía ElDiario.es. No es solo una denuncia: es la descripción exacta de una ruptura emocional.


Porque muchos de estos menores ya tienen vínculos reales en la isla: amistades, referentes adultos, rutinas, aulas, personas que les miran con afecto y no con sospecha. Sacarlos de ahí no es una simple reubicación administrativa. Es romper de nuevo lo más parecido a una familia que han conseguido reconstruir.


No se puede hablar de derechos mientras se ignora el impacto psicológico de estas decisiones

El rechazo al asilo, en estos casos, no es un rechazo a la protección en sí, sino a un sistema que descoloca, traslada y vuelve a desarraigar a quienes ya han perdido demasiado. Una protección que no cuida la salud emocional, no protege: cronifica el sufrimiento.


No se puede hablar de derechos mientras se ignora el impacto psicológico de estas decisiones. No se le puede pedir a un niño que se adapte eternamente. No se puede depender de un expediente que se mueve de un territorio a otro; debe haber un proceso humano que respete los vínculos, los afectos y la estabilidad emocional.


Migrar también duele cuando se logra llegar y duele aún más cuando, una vez a salvo, te arrancan de aquello que empezabas a llamar hogar. Hay infancias que no pueden seguir aprendiendo que todo lo que aman es provisional.

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